Desarrollo del lenguaje

7 may. 2008

Hacia el final del primer año o comienzos del segundo el niño se encuentra en el llamado período holofrásico, denominándose así por comunicarse utilizando una sola palabra.

De la misma manera que el niño va negociando y extendiendo el significado de sus primeras palabras, cada vez comprende mejor el carácter instrumental del lenguaje. Así, por una parte comienza a incorporar palabras con un claro valor referencial (requerimiento, ofrecimiento, rechazo, etc.), que anteriormente realizaba gestualmente.

Por otra parte, no tarda mucho en reconocer que el lenguaje refleja la realidad y que, por tanto, todo aquello que se presenta como diferente se puede también etiquetar de forma diferente, es decir, aparece el “insight designativo”. A partir de este momento, el niño incrementa rápidamente su vocabulario, debido a la necesidad de nombrar la realidad que le circunda en los contextos en los que participa o de expresar sus intenciones en dichos contextos.

Las primeras palabras que emite el niño no tienen exactamente el mismo significado con que las emplean los adultos, sino que poseen un significado idiosincrático relacionado con rasgos perceptivos o funcionales de los objetos, las personas o las acciones.

En un primer momento, el niño sitúa sus vocalizaciones en forma de balbuceos, recibiendo el beneplácito del adulto, que acostumbra a emplear vocalizaciones del tipo “sí, es un ___” o “sí, está aquí”. Más adelante, una vez que el niño reconoce alguna forma fonéticamente estable (gato, tren, guau...) para responder a la solicitud del adulto, éste le obliga a utilizarla siempre que se encuentran delante del dibujo correspondiente, no permitiendo que el niño pase a otro dibujo hasta que no responda correctamente a su solicitud. Cuando el niño emplea también dicha palabra incorrectamente, el adulto acostumbra a establecer contrastes en su lenguaje del tipo “no es un gato, es un pájaro; el gato está aquí” (señalando el lugar donde se encuentran el gato y el pájaro). Esta rutina, que se inicia muy temprano, ayuda al niño a reconocer que la realidad que se le aparece como diferente se puede también etiquetar de forma diferente, haciendo posible que, entre los 20 y los 24 meses, cuando el niño tiene un vocabulario activo de unas 60 a 80 palabras, aparezca el "insight designativo". Es decir, el niño súbitamente comienza a incorporar palabras, incrementando rápidamente su vocabulario. A partir de este momento solicita el nombre de los objetos, de sus atributos o de las acciones y de los estados, finalizando la transición del período prelingüístico al lingüístico.

A la edad aproximada de dos años se ha alcanzado la cifra de 60 a 80 palabras. Posteriormente, experimenta un crecimiento rapidísimo, de forma que en no más de dos meses incorpora el mismo número de palabras que había incorporado en 10 -12 meses. Existe siempre, al parecer, un cierto desfase entre comprensión y producción, precediendo siempre la comprensión a la producción. Sin embargo, no nos podemos quedar con los datos puramente cuantitativos, sino que es más importante saber cómo el niño usa las palabras que el número de ellas empleado.

La incorporación de una palabra al vocabulario activo del niño no supone que se adquiera con todo el significado con que la emplea la comunidad lingüística. La adquisición del significado y las palabras es paulatina. Vila comenta los errores que se observan en el primer lenguaje. En primer lugar aparecen frecuentemente sobreextensiones de las palabras, es decir, se refieren con ellas a otros muchos objetos a los cuales no se aplica habitualmente y que pueden no tener ninguna relación semántica con la palabra en cuestión. Según Delval lo que hace el niño es captar una característica común entre esos objetos y esto le ha llevado a generalizar o sobreextender la palabra. Parece que los niños hacen esto con un 20 ó 30% de los primeros términos que aprenden y es más frecuente hacia los 18 ó 20 meses. Las sobreextensiones son más frecuentes en el lenguaje producido por el niño, y menos en el receptivo. Podría deberse a una necesidad del niño por comunicarse cuando no conoce las palabras adecuadas, pero también al reconocimiento de características semejantes en las cosas o en las situaciones, y desde este punto de vista estaría ligado a la categorización.

Aproximadamente a los dos años, cuando el niño ya es competente para participar en regulaciones dialogales mutuas, el adulto, sin dejar de acomodarse al interlocutor infantil, va aproximando su habla al patrón habitual. El habla del niño empieza a asemejarse al habla convencional cuando los adultos próximos abandonan el estilo maternal en comunicación con él.

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