La revolución Montessori

24 mar. 2009

María Montessori fue una de las revolucionarias de la educación en el siglo XX en su concepción del niño, de sus necesidades y de la mejor manera de educarlo, ayudarlo a crecer. Quien toca al niño toca el punto delicado y vital donde todo puede aún decidirse, donde todo puede renovarse, donde todo late con vida, donde yacen ocultos los secretos del alma.

Trabajar conscientemente por el niño y profundizar, con la tremenda intención de entenderlo, sería conquistar el secreto de la humanidad, tal como se han conquistado tan­tos secretos de la naturaleza en el mundo que nos rodea.

El siglo XX ha sido llamado el Siglo del Niño. Sólo en este siglo ha sido fijada la mirada estudiosa en el ser lla­mado niño, para verlo en lo que es. Antes era un pasaje, un puente hacia el hombre, hacia el adulto y como tal había que tratarlo. En nuestro siglo el niño recuperó su status, por así decir, de ente independiente de cualquier proyección futu­ra conveniente para la sociedad en curso.

María Montessori fue una de las grandes precursoras de este movimiento de reivindicación del niño, de su mun­do, de su ser propio, más acá de los intereses jugados por la sociedad de los mayores "Observo a los niños, vivo con ellos, juego con ellos para conocer su mundo, qué son realmente, y no qué queremos que sean." Y de esa experiencia suya surgió su método educativo, el método Montessori, en cuyo centro cordial está el respe­to a las auténticas necesidades del niño y de la veracidad de su mundo y de sus valores.

¿En qué se diferencia un niño de un adulto? Desde luego que largas páginas podrían redactarse para ir seña­lando esas diferencias más que obvias. Sin embargo, María Montessori pregunta por la dife­rencia capital, y su respuesta es la siguiente: "El niño se encuentra en un estado de transformación continua e intensa, tanto corporal como mental, mientras que el adulto ha alcanzado la norma de la especie." Sigamos los pasos de María Montessori. ¿Por qué repiten los niños una y decenas de veces la misma operación, como ser ordenar cubos de distintos tamaños en sus respectivas cajitas? Porque disfrutan haciéndolo. Porque ejercer una capacidad, un saber, un aprendizaje produce placer, el placer de hacerlo bien, de lograrlo.

Los buenos modales, ¿para qué sirven?

Interesante es descubrir que esta revolucionaria de la educación, del enfoque sobre el niño, la doctora María Montessori, entendía que los buenos modales, las buenas costumbres, la manera de relacionarse debidamente con el prójimo son elementos fundamentales en el crecimiento de la persona.

Desde temprano debe ser educado el niño en este orden, que también es orden, el orden de la manera de relacio­narse con el otro, y que se manifiesta en los modales. Los modales no son un fin en sí, son un medio, una especie —decía Montessori— de aceite que contribuye al funcionamiento suave de la maquinaria social.

En nuestro tiempo este tema, el de los modales, fue con­siderado como totalmente arbitrario, tonto, absurdo, imbé­cil, y se dejó a menudo a crecer a los jovencitos en un caos de manifestaciones personales mientras toda la dedicación se cargó sobre su mundo intelectual o sobre su problemáti­ca psicológica.

Los modales, las buenas formas, las buenas maneras, que parecen ser temas de María Castaña hoy vuelven al tapete, por su total ausencia. Ocurre que si no te enseñan modales, tú no eres capaz de inventártelos solos. Simple­mente porque los modales no dependen de tu creatividad subjetiva.
Los modales son siempre ajenos, por cierto. Son siempre banales, es cierto. Son siempre superficiales, también es cierto. Por eso precisamente son valiosos, porque no requieren de ninguna profundidad, ni comprensión ni estudio de pos­grado universitario, por eso mismo surgen en las primeras etapas de la existencia con ninguna finalidad sino, mera­mente, la de ser mediadores en las rutinas de la existencia (¿qué tal, cómo te va? hola, dar la mano, plegar la serville­ta, un beso en la mejilla, un beso en cada mejilla, la ropa limpia, el cabello aseado, saludar al que se despide y se va, sonreír a los amigos o a los que parecen serlo o a los que queremos que crean que nosotros los consideramos amigos, y así sucesivamente).

Nadie piensa erigirle un monumento al semáforo ni al inventor del semáforo. Son totalmente intrascendentes. Pero cuando faltan, uno tiene cierta sensación de vacío, y de peligro, y una zozobra de cómo hago para cruzar la calle. Así son los modales, las buenas formas conectivas. Son, justamente, para que no tengamos que mirarnos, para que no tengamos que inventar qué te digo cuando te encuentro, ¿te ladro, te grito, te miro en silencio, no te miro? Para eso existen los modales. —¿Qué tal, como te va? Dar la mano. O el beso. O el abrazo. A partir de ahí, nos conectamos y hasta podemos comunicarnos en profundidad.

Fuente: JAIME BARYLKO. Los hijos y los límites. EMECE Editores.

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