Tacos y palabrotas

20 mar. 2011

Hace unos días murió una de las mejores pedagogas de éste país, Josefina Aldecoa. Llevo desde entonces releyendo alguno de sus libros que tengo en casa. Al final opto por hacer un pequeño resumen de éste: "La Educación de nuestros hijos de 0 a 14 años" y de él extraigo el fragmento que da título a esta entrada.

"Nos esmeramos en la educación de un niño y nos sorprende con sus tacos y sus malas formas de hablar. Nos desespera porque no lo entendemos, nos disgusta y, además, nos puede dejar en ridículo. En estos casos resulta difícil para los padres seguir planteamientos educativos, y lo más fácil es dejarse lllevar por la tendencia a recriminarle. Sabemos cómo aprende las palabrotas: están en todas partes y, del mismo modo que se aprende lo bueno, se aprende lo malo. Nos cuesta aceptar que, en cierto modo, es un "sarampión" pasajero que guarda relación con situaciones de autoafirmación y que también tiene que ver con la identificación que se produce en los grupos entre iguales.

A nosotros nos preocupa tanto el contenido como las formas, mientras que el niño, en muchos casos, se deja guiar por el impacto que causan sus palabras: aparentar ser mayor diciendo un taco le resulta muy gratificante. En ocasiones, incluso puede hacerlo intencionadamente para llamar la atención, pero en realidad no sabe lo que está diciendo, no lo va a entender aunque se lo expliquemos.

¿Qué hacer cuando las palabras son inadecuadas pero no se trata de una incorreción importante? Podemos actuar como si no las hubiésemos oído, especialmente si él cree que no nos hemos dado cuenta, o hacerle una indicación acerca del mal uso del lenguaje y de la necesidad de moderarlo, por ejemplo: ¡Cuidado con esas palabras!. El objetivo es hacerle ver la incorrección, por lo que suele ser suficiente dejárselo claro, sin más actuación de nuestra parte. Si el taco ha sido un insulto a otro niño, un hermano o un adulto, se le puede exigir que pida perdón, no tanto por el insulto como por el ataque personal. Será suficiente con un simple "lo siento".

Cuanto más nos controlemos, mejor ejemplo daremos a nuestro hijo. Podemos también utilizar nuestros propios errores para seguir haciendo una tarea formativa: reconocer el error, excusarnos, etc.