Diez grandes ideas para la maravillosa tarea de educar a los hijos.

23 nov 2009

Estos 10 pilares necesitan un buen cimiento: un hogar donde haya alegría, respeto y comunicación. Padres que estén disponibles física y mentalmente para sus hijos; padres que al llegar a la casa dejen a un lado su cansancio y preocupaciones, que sepan mirar el interior de sus hijos, que sean capaces de sonreír y disfrutar de estar en familia.
 
Primer Principio:
Si quieres cosechar, siembra a tiempo.
Al nacer, nuestros hijos son como una pequeña semilla llena de futuras promesas. Podrán ser como un gran árbol frondoso, de sólidas raíces y sabrosos frutos. Pero también, pueden crecer torcidos, ser muy vulnerables a los azotes del viento y  en definitiva no dar nunca los frutos que de ellos se esperaban.
Con la exitosa fórmula de cariño y exigencia, los padres debemos educarlos en la gran riqueza de las virtudes humanas desde el primer instante de sus vidas. Hay que saber que el 80% de las ideas pueden asentarse antes de los diez años; que es preferible un año antes, que un día después, pues eso ya es tarde; y que antes de los diez años es más fácil hablar con los hijos y ser escuchados, porque después de los doce, el tema se pone más difícil. 
 
Segundo principio: 
La forma de enfrentar temas como; permisos, castigos, conversaciones, estudios… es muy distinta cuando se tiene claro el proyecto de ser humano que se quiere formar.
Se premiará el esfuerzo de un hijo y no la nota; se castigará la falta de respeto con la hermana y no el haber llegado media hora tarde del colegio por un imprevisto; se conversará del futuro profesional según lo que éste lo enriquecerá como persona más que cómo le enriquecerá el bolsillo; se analizará cuánto beneficia a un hijo un panorama, más que permitirlo o no según criterios como; no salió ayer o ha subido sus notas.
 
Tercer principio:
El ejemplo y la unidad de criterio son claves. Educar es educarse. Exigir a los hijos es primero autoexigencia. El buen ejemplo es contagioso. La unidad de criterio entre el padre y la madre es lo que da seguridad a los hijos.
En la práctica esto significa que los padres pueden tener distintas opiniones sobre cómo ayudar a un hijo o como enfrentar un problema, pero una vez que se han puesto de acuerdo en ese “cómo”, ambos actúan unidos. No hay un cónyuge cómplice de un hijo en oposición al otro; el hijo no puede manipular a uno de los padres con la debilidad del otro.Los padres deben educar con intencionalidad educativa, que se concreta en darse el tiempo para conocer a cada hijo, para conversar marido y mujer a solas y sin prisa sobre cada uno de ellos.
Sólo así los padres evitarán reducir la acción educativa a la crianza, la nutrición y la información, omitiendo la parte más importante: hacer de ese hijo una persona plena, madura y responsable.
 
Cuarto Principio:
Educar a los hijos individualmente, no en grupo.Hay que dar a cada hijo diferentes tiempos, reglas y tratos, según sus necesidades, carácter, sexo, edad, ubicación dentro de la familia, etcétera.
Sólo así se buscará el bien de cada uno, ayudándole en su proceso personalísimo de mejora, de modo que luche por superar sus debilidades y reforzar sus características positivas.Sea por la comodidad de educar a todos como un todo, o por un errado concepto de justicia y trato igualitario, se caen en serias injusticias que en nada apuntan a ese ser mejor que todo padre desea y busca para cada uno de sus hijos.
Algunos consejos:
Conoce profundamente a cada uno de tus hijos. Eso requiere tiempo y reflexión.Analiza con tu pareja cómo ayudar concretamente a cada hijo. La percepción de ambos padres es diferente, por lo que una reflexión conjunta resguarda de caer en ciertos favoritismos o sobreprotecciones.
Actúa con delicadeza y prudencia para que ese trato no igualitario, pero lo más equitativo posible, no sea fuente de celos.Junto al cuidado por no marcar diferencias, a los hijos mayores de 10 años habrá que dar a veces razones, pues éstos captan rápidamente las diferencias pero no ven el por qué de éstas con la profundidad que lo ven los padres.
 
Quinto Principio:
La conciencia moral es lo que los hace libres. Los padres no están educando integralmente a su hijo si sólo se ocupan de su aspecto cognitivo, emocional, afectivo, sexual… La conciencia moral es la que dirige hacia el bien todas aquellas áreas.
Si se quiere educar en la libertad, hacer de la hija o el hijo una persona recta, hay que formar su conciencia desde que tiene uso de razón. Muchas veces los problemas de los hijos proceden de la falta de un guía moral.
 
Sexto Principio:
Los padres somos los primeros educadores (no la escuela) y también somos sus principales abogados en miras al deber de defender sus derechos. El mayor beneficiado por la unidad entre el colegio y la familia es el hijo.
Esto no significa que, en casos puntuales, los padres no deban hacer valer sus derechos como padres o defender al hijo en determinadas circunstancias.
 
Séptimo Principio:
Educa para el mundo real. Hay actitudes que encierran al hijo en una burbuja y lo dejan frágil y desprotegido para vivir en el mundo que le ha tocado, actitudes como estas:Padres que viven lamentándose del mundo de hoy, del negro futuro, y añorando tiempos pasados.
Padres que para que el ambiente exterior no contamine a los hijos, los sobreprotegen.
Esos hijos crecerán llenos de temores y serán incapaces de emprender pequeñas o grandes iniciativas en favor de otros. Sé optimista y muéstrale cómo con muchos pequeños esfuerzos se logran grandes cosas.¿Cómo preparar al hijo para ser parte activa de este mundo y, así, mejorarlo? Con una sólida formación intelectual que le permita pensar por sí mismo y tener criterio propio para ir contra corriente.
A los hijos se les enseña a pensar, discutir y defender ideas con temas interesantes en la mesa familiar, con panoramas atractivos, con buenas lecturas…  
 
Octavo Principio:
El amor es inteligente cuando conoce y pone límites. El cariño de un hijo hacia sus padres no depende de la cantidad de noes o de síes que le hayan dado, sino del buen criterio con que se dieron.
 
Noveno Principio:
Confía siempre en ellos y en su capacidad de reacción. Cuando el hijo está en plena adolescencia, cuando parece que todo lo que se ha sembrado no sólo no da fruto, sino parece que agoniza, ¡calma! En lugar de catalogarlo como un flojo perdido, un irresponsable rematado, un egoísta sin vuelta… demuéstrale que el cariño de sus padres es a prueba de adolescentes.
Un hijo al que se le ponen etiquetas negativas llega a pensar que no tiene futuro; el que siente que ya no se confía en él, pierde toda la seguridad en sí mismo.
Exige en pocas cosas, pero en las importantes. No des peleas inútiles y haz de tu hogar un lugar seguro con el que cuente en medio del temporal. Paciencia, paciencia, paciencia. Busca y reconoce en él las cualidades que tiene. ¡Todos tienen! Incentívalas. Confía. No pierdas la esperanza. Ya verás: pronto saldrá a la luz el hombre y la mujer que hay en su interior. Habrá madurado.Se tiene fe en un hijo cuando se cree lo que todavía no se ha visto, se sabe esperar hasta que se vea, con paciencia y sin desánimos, aunque los resultados tarden.
 
Décimo Principio:
Pon metas altas a tus hijos. El ser humano vale por lo que es, no por lo que tiene.
Lamentablemente hoy se aspira más a tener que a ser. Hay que enseñar a los hijos que el fin de esta vida no es pasar por ella “lo mejor posible”. Los grandes valores e ideales se respiran en el hogar, se inculcan dando ejemplo.
Esto supone autoexigencia.

Autor: Josefina Lecaros S.
Texto cedido a Mi mami es logopeda por Cleverkid.es