Motivación y emoción

2 dic. 2008

Por emoción entendemos un estado afectivo relativamente breve e intenso que hace que nos sintamos de un modo concreto en un momento determinado. Pueden ser de tipo positivo (alegría, euforia, risa, sorpresa, entusiasmo, confianza, perseverancia,...) o negativo (tristeza, miedo, pena, desgana, vergüenza, cólera, enfado, agresión, ira, etc.).

Motivación y emoción están íntimamente vinculadas, constituyéndose estas últimas en indicadores del potencial de aquella. Una persona es emocionalmente inteligente en cuanto que puede mejorar su propia motivación. Si algo nos causa un sentimiento positivo intentaremos conseguirlo o mantenerlo; si nos produce una reacción negativa tenderemos a huir o alejarlo. Igualmente, si las emociones impiden la concentración se hace difícil el poder retener mentalmente los datos necesarios para realizar nuestro trabajo; de ahí también la importancia de saber relajarse para reducir el estrés diario.

Dentro del ámbito educativo, la acción de motivar podría definirse como la de estimular el interés del educando en un aspecto concreto de estudio (bien sea novedoso o ya conocido), teniendo como base una planificación determinada. Motivación sería, entonces, un estado dinámico en el alumno/a que le invita a realizar una actividad de forma comprometida y persevante hasta su culminación satisfactoria. Estamos hablando, por tanto, de uno de los factores más decisivos en el éxito escolar, en cuanto que condiciona el aprendizaje (interés, esfuerzo, conocimientos, comportamiento...).

Pero la realidad actual en nuestros centros escolares es que el alumnado presenta una baja autoestima y un alto nivel de desmotivación, lo que a su vez entraña su rechazo a cualquier actividad escolar y la existencia de frecuentes problemas de convivencia.

Todos tenemos motivación por aprender desde nuestra más tierna infancia. Al comienzo de la edad escolar, en sus primeros días de clase, los alumnos/as se encuentran bastante estimulados. A medida que pasan los años, ese estado original se transforma en malestar y aburrimiento para muchos, desembocando así en los llamados “objetores escolares”. En realidad, lo natural es que las personas quieran mejorar su conocimiento. Si después abandonan este deseo inicial será por algo concreto (lejos de la idea tradicional de que lo que le pasa es que no quiere).

Normalmente, un escolar desmotivado no lo es porque sí, sino porque cataloga la actividad con la etiqueta de demasiado difícil de realizar o no acorde con sus aptitudes y habilidades, ante lo que se frustra, se da por vencido y deja de comprometerse. En estos casos es frecuente encontrarse con “cuadros clínicos” que presentan características tales como baja autoestima, falta de hábitos, escasas o nulas expectativas, prejuicios varios, etc. En la raíz de todo ello se encontrarían condicionantes tales como la misma familia, un medio social desfavorecido, problemas emocionales e incluso el propio desempeño docente.

Para su logro, las funciones docentes son muchas, importantes y de índole variada: diseñar actividades de enseñanza-aprendizaje adecuadas e individualizadas (ni muy fáciles ni que entrañen bastante dificultad, para eludir el posible aburrimiento o la frustración; que reten a la solución imaginativa de situaciones novedosas y no rutinarias), concebir una evaluación realmente formativa y justa, cultivar el diálogo y las relaciones personales, fomentar la cooperación y el trabajo grupal, educar en valores (respeto, solidaridad, ayuda, esfuerzo, crítica constructiva,...), trabajar la inteligencia emocional y las habilidades sociales, proporcionar técnicas de trabajo intelectual, ganarse la autoridad del grupo, etc.

El escritor Javier Marías, en su artículo “Yo me divertiré” (suplemento “El Semanal”, 27 de junio de 1999), describía brillantemente esta labor: “Y si algo me consta es que, si me divertía yo, los alumnos se divertían también. Se intrigaban, se preguntaban, se paraban a pensar , esperaban que al final de la hora –como en un relato- se produjera una revelación, una deducción, una conclusión no insignificante: la respuesta a un enigma, o, lo que es lo mismo, el logro de un conocimiento”. “Creo que eso es lo fundamental: enseñar a pensar, a interesarse, a intrigarse, y eso puede conseguirse hasta con la más árida o menos práctica materia, con las matemáticas y con el latín. Pero creo también que eso sólo puede lograrse con la diversión –y por tanto con la alegría, por momentánea que sea, aunque sólo dure la duración de una clase- del que conduce ese pensamiento, ese interés, esa intriga”.

Fuente: LA MOTIVACIÓN DEL ESCOLAR COMO FACTOR DE CAMBIO. PROYECTO DE INNOVACIÓN EDUCATIVA. I.E.S. Boabdil. Lucena (Córdoba)

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